Su libertad y la nuestra

2024-07-28T20:44:00.000-04:00

La libertad se ha convertido en el grito de batalla de organizaciones de la novísima derecha, como Proyecto Dignidad en Puerto Rico o el gobierno de Javier Milei en Argentina. Y entre las libertades que defienden con mayor fervor se encuentra la “libertad de emprender”, es decir, la libertad de hacernos empresarios.

Es curioso que también se presenten como defensores del capitalismo. Es curioso, pues el capitalismo es el primer enemigo de la libertad de emprender, al menos en lo que a la mayoría de la población se refiere.

El capitalismo proclama su apego a la propiedad privada y el emprendimiento, pero en realidad priva a la mayoría de la población de ambas cosas. El capitalismo solo funciona en la medida que la mayoría de la población está separada de los medios de producción y de circulación. Depende de la expropiación de la mayor parte de la población. En el capitalismo la mayor parte somos desposeídos y desposeídas, obligados a vendernos por un salario a los dueños de las fábricas, talleres, comercios, medios de transporte, empresas de servicios, etc. La gran mayoría se jubilará (si es que se jubila) tan asalariada y endeudada como empezó. Lejos de inclinarse a convertir a todos en empresarios, el capitalismo reproduce incesantemente esa polarización entre poseedores y desposeídos.

En esa sociedad desigual es engañoso hablar de libertad en general. En esa sociedad fundamentalmente desigual la libertad de unos implica la sujeción de otros. ¿Quién decide a quién se contrata, a quién se despide y como se organiza la producción y el trabajo? El patrono o su representante, evidentemente. En todos esos momentos y procesos el trabajador o trabajadora está sujeto a las decisiones de otros. Es lo opuesto de la libertad. Y mientras más libertad tiene el patrono para despedir o estructurar el proceso de trabajo (horarios, descansos, ritmo, etc.) más sometido está el asalariado a decisiones ajenas, es decir, de menos libertad goza. 

Por otro lado, ¿quién decide qué se produce y dónde se produce? ¿Dónde se instala o cierra una empresa, por ejemplo? Lejos de decidirlo la comunidad o la sociedad democráticamente o los empleados afectados, es una decisión de las más grandes empresas. Su libertad de acción implica que el resto de la sociedad está sujeta a sus decisiones: para los ciudadanos que no son parte de esa clase poseedora, esa libertad empresarial implica la sujeción a las decisiones de una minoría. Lejos de ser libres, estamos sometidos a sus decisiones. 

Pero incluso esas decisiones de la minoría empresarial están sujetas a las reglas impersonales de la competencia: todas las empresas están obligadas, bajo amenaza de ser desplazadas y desaparecer, a aumentar sus ganancias y a reducir sus costos, aunque sea a costa de la gente y del ambiente. El mercado, la búsqueda de la “competitividad” las ha obligado a enviar niños a las fábricas y las minas, a envenenar y adulterar los productos, maltratar los animales no-humanos y a contaminar y destruir el ambiente. Esos son los resultados normales, espontáneos de la libertad de empresa. Repitamos: en una sociedad desigual, la libertad de unos implica la sujeción y subordinación de otros. La libertad del capital implica la subordinación del trabajador y de la sociedad a sus decisiones. Libertad, en este caso, es el nombre atractivo que se le da a la voracidad del capital por más ganancia, impuesta por la competencia.

Los fundamentalistas de mercado rechazan toda intervención pública en la economía como un acto despótico. Pero esa intervención del estado (además de la organización sindical, comunitaria, etc.) es lo que ha permitido conquistar un poquito de libertad para las y los desposeídos, para los trabajadores y trabajadoras, para los niños y niñas, para la sociedad en su conjunto, incluso para la naturaleza y otros seres vivientes. Así, los gobiernos han limitado el largo de la jornada de trabajo, han legislado un salario mínimo, han prohibido el trabajo infantil, han reglamentado la calidad de los productos, han impuesto contribuciones a las ganancias para financiar servicios para toda la población, entre otras medidas.  Para la minoría poseedora estas son limitaciones a su libertad, para la mayoría desposeída estas son medidas liberadoras.

No se puede hablar entonces de libertad en general. Hay que preguntarse, libertad para quien y libertad para qué. ¿Libertad para unos pocos o para todos y todas? ¿Libertad para explotar y maltratar o libertad de la explotación y el maltrato? ¿Libertad para contaminar y envenenar la naturaleza o libertad para vivir en un ambiente sano y saludable? Los que hoy más hablan de libertad quieren lo primero: menos leyes y reglamentos para garantizar la libertad de despedir, explotar y maltratar (no tener que pagar ni mejores salarios, ni pensiones, ni compensaciones por despido, etc.), de contaminar y destruir (construir en las costas, humedales, reservas de agua, seguir quemando petróleo y propagando el automóvil privado, etc.), o de evadir toda responsabilidad social (empresas que no quieren pagar impuestos para financiar servicios para toda la población). Quieren menos intervención del estado, para seguir enriqueciéndose con la salud, la energía, las carreteras privatizadas, etc. 

Nuestra libertad requiere algo distinto. Primero, libertad de palabra y expresión, reunión, prensa y asociación, que los defensores de la libertad empresarial no dudan en violar o limitar cuando es necesario para imponer su agenda ante la protestas laboral y social. Segundo, derechos laborales y garantías sociales, protección ambiental y una economía bajo el control democrático del pueblo y no de una minoría.  Esa es la libertad por la que luchamos y seguiremos luchando.

una garza.